Desde mi Buhardilla Mesonzoica
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domingo, 8 de marzo de 2015

El Alpargatero soñador

El Alpargatero soñador. (Cuentecillo)


Escultura del Alpargatero (Plaza del Alpargatero. Cehegin)

Desde niño ya era un soñador. Se había criado entre los desportillados rincones de las callejas y plazuelas descorazonadas del Puntarrón donde sorprendentes coros de alpargateros cantaban rancheras y tangos, mientras hincaban con denuedo la ‘almará’ en la suela de cáñamo. Entrañables melodías, a la sazón, popularizadas por las voces de Gardel y Negrete que rivalizaban con los zarzueleros Marcos Redondo o Pedro Terol. 
Lo que más seducía de aquel ambiente al jovenzuelo eran los olores, perfumes emanados de la mirífica labor del cáñamo. Acaso por ello, esos efluvios, aún no considerados perniciosos, le transportaban a otros lugares más atractivos que aquellas esquinas esquilmadas de las calles del “Pozo” o el despeñadero de la cuesta de “Martín de Ambel”.
Cuando apenas levantaba cinco palmos del suelo, como un zapaterillo prodigioso, ya solía echarle los “clavos” a las dos docenas de suelas que su padre cosía a diario para la empresa Peñalver, -una de las industrias más pujantes entonces-, empeño encomiable, porque no todo el mundo era capaz de semejante hombrada: ¡Nada menos que dos docenas…!
Con el tiempo aquellos pocos palmos de alzada se convirtieron en siete pies de mozarrón que le propició, no solo convertirse en un experto artesano alpargatero, sino también en excelente portero de fútbol de aquel Cehegín C.F. de los años 30.
Pese a su popularidad como ídolo futbolero y ante la decadencia alpargatera, hubo de emigrar como tantos otros en busca de horizontes más prometedores paseando por las tierras del Maresme su aroma cañamero.
En los años setenta, Cehegín ya no era una selva decadente, gozábamos de nuevo de la prosperidad de los viejos pueblos de la frontera andalusí. Como un abuelo con su primer nieto, así encontró aquel cosedor de suelas a su querido y remozado pueblo. Y allí comenzó a gozar de su condición de pensionista, retomando su antigua vocación: esta vez, en actitud más pasiva como espectador de fútbol. En cambio sacó su antañón banco de madera de carrasca, su almará y su chamarí y reanudó la labor suspendida tantos años atrás, convirtiéndose en “El Último Alpargatero” lo que le valió el reconocimiento del ministro de Cultura De la Cierva, en aquellos años de visita por Cehegín. 
Y aquí la “madre del cordero”: años después de aquellas fotos sobresalió una muy especial pues vino a convertirse en el modelo para una extraordinaria fuente que se proyectaba para la plaza de las Fuerzas Armadas. 
La efigie fue colocada en aquella encrucijada de calles y avenidas y lugar de encuentro para los ceheginenses del siglo XXI.
Hoy, felizmente convertida en la plaza del Alpargatero, homenaje a todos los afanosos productores de aquella floreciente industria que convirtió en los años anteriores a la guerra civil en uno de los pueblos más dinámicos de la región.
En la madrugada del 13 de setiembre último, cuando empezaban a preparar las estructuras y los enormes cohetes para la gran parada músico-luminosa de fin de fiestas, unos festeros chispados cuentan que vieron traslucirse una figura encorvada que andaba desorientada por las calles adyacentes a la Gran vía, decían que se parecía extraordinariamente al alpargatero de la Fuente, lo siguieron y parece que se introdujo en un portal en cuyo bajo comercial se exhibía un antiguo banco de coser suelas de cáñamo. Pero lo más sorprendente fue cuando regresando hacia la Gran Vía escucharon a unos empleados de la limpieza que alarmados comentaban que había desaparecido de la fuente la figura del alpargatero.
Uno de aquellos trasnochadores parranderos comentó: “Recuerdo a ese alpargatero, le apodaban “El Suelas” y cuentan que fue un gran portero del Cehegín C.F. Por cierto, ¿sabéis que le daban pánico los castillos de fuegos artificiales…?”

Antonio González Noguerol 
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