Desde mi Buhardilla Mesonzoica
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lunes, 8 de mayo de 2017

VIEJO RIO ARGOS


El viejo río Argos, el de los Cien Mil Ojos. (Impresiones estivales)



"Un río de aguas pérfidamente mansas como la sonrisa de una mujer."
(M. J. de Larra)


Una bandada de gaviotas planea por el Cantal Blanco. Van a saciar su sed al arroyo que nace junto a la casita de los Montalvos, pero una suave ventolera hace cantar a los cañaverales que espantan a las avecillas sedientas. 
Debajo, frente al monumental Puente de la Vía y junto a las hoyas vecinas, brota un nacimiento de agua cristalina donde las mariquitas saltan y bailan al son del cabrilleo del río, los matorrales verdean tiernos y si deseamos refrescarnos, nada más placentero que abuzarnos y sorber unas tragantadas de líquido elemento en su plenitud de frescura. 
Los boscajes del río Argos, han estado siempre presentes en la vida de los cehegineros. Han asistido a los conciertos de batracios que en las noches de estío claman al cielo pidiendo agua para sus humedales estériles.


A la madrugada llegarían el Punchas, el Porras o el Rojo el Torraos a capturar las más hermosas ranas para degustarlas en casa Barras. Porque hay que ver lo ricas que están a la plancha las ancas de rana. Quien las ha probado lo sabe.


Luego al mediodía, bajo el sol implacable de la canícula, los zagales se chapuzan en la vaeras y juegan a batallas acuáticas mientras una rebaño de borreguillas, conducida por Juanito el Macanas, mordisquea los suculentos verdores del cauce.


El Argos prosigue su vertiente en busca del padre Segura, pero antes le esperan extraordinarias aventuras, un poco más abajo ha de atravesar el otro puente, el de Piedra que vigila imponente la silueta ceheginense que se muestra espléndida. Si paseamos al atardecer por ese ostentoso paseo de la Ronda de Poniente, a la vera del meandro que forma el Casco Antiguo, en las faldas del casi desaparecido Huerto Ruenas. En el hondo del Cubo, podemos recorrer una senda que nos muestra las decrépitas ruinas de algunos de los molinos de Cehegín, el del Morcillo, el del Cubo o el del Papel, y si seguimos río abajo podemos localizar algunos que apenas se sostienen en pie como el de los Reondos, y ya cerca de San Ginés todavía muele el de Pedro Franco, antaño conocido como Molino de la Pólvora. Cuántos molinos harineros movidos por la fuerza hidráulica de las acequias cuya agua moría en el río. Algún día será menester realizar un severo estudio de ellos. 
Es curiosa la analogía de nuestro río Argos con la Mitología. Toda una sucesión de encuentros. Porque hay que resaltar que Argos fue el señor de los Cien Mil Ojos, el sueño de los puentes cehegineros.


Hay que ver los inagotables cañaverales que brotan en las riberas del Argos y qué habilidad en las manos de los hortelanos para construir cercas y tenderetes para los tomates y otras plantas de hortalizas y no digamos la cantidad de objetos que fabricaban: flautas de caña que los pacientes huertanos confeccionaban para deleite de los pequeñuelos. Personajes como el tío Picho, siempre ensimismado por las riberas, laborando con las cañas o los mimbres preciosos canastillos para venderlos en el mercado semanal de los domingos en la república del Mesoncico; o el ingenio de los recolectores furtivos del río Argos, ganándose el pan como podían en los momentos precarios de aquellos míseros años, ofreciendo en la puerta del cine Alfaro los frutos del almez, los populares aratones, cuyos huesecillos eran lanzados como proyectiles, a través de un trozo de caña a guisa de cerbatana para diversión de la Torraera y correctivo a los burgueses del patio de butacas, que apetecían los asientos de la fila 11 para atrás como refugio. 
Canutos de caña que los guardias municipales con un celo desmedido solían aprehender y pisotear y si era menester llevarse p`arriba al infractor. —“ir p’arriba”, significaba llevarlo detenido hasta el cuerpo de guardia, popularmente conocido como cuartico de repeso


También servían las flautas de caña, igual que Dafnis, como diversión del cabrero en las largas horas de pastoreo, donde afinaba dulces melodías y chistaba a alguna cabrita extraviada.   
Si Dafnis y Cloe hubiesen habitado en Cehegín puede que se hubiesen perdido también en nuestros cañaverales del Argos, porque quién sabe las parejas que se habrán extraviado por aquellas selváticas riberas. 
¡Ay, río Argos, cuánta historia encierras en tu cauce!
Recuerdas aquellos viejos tiempos cuando las lavanderas ejercían su duro oficio entre guijarros, mientras los viejos verdes se asomaban por el Puente Santo a contemplar las pantorrillas de las más descuidadas.
Pero aquella fue otra época.

Antonio González Noguerol.
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