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sábado, 9 de diciembre de 2017

ANTONIO GONZALEZ JIMENEZ (MOTOLITE)


Antonio González Jiménez –Motolite-



En una placa colocada en la fachada de la Plaza del Mesoncico, reza los orígenes de aquella recoleta plazuela, en la que tantos eventos has acaecido a lo largo de la historia de Cehegín, entre otros datos significa este extracto: “Es el lugar de la prolífica familia González, con el mudéjar epíteto Motolite (pastelero), que en el siglo XVI, por petición del concejo de Totana, una rama se desplazó a la primera pastelería de esa villa. Igualmente aparecen en la Villa de Bullas, en el siglo XVII, como promotores de un retablo de su iglesia...”

El Maestro Motolite (abuelo) elaborando peladillas.
Antonio González Jiménez nació el día 26 de septiembre de 1916 en Cehegín, tercera generación de una familia de confiteros y turroneros. Su padre y su abuelo además de tener el mismo nombre y primer apellido fueron profesionales de las dulcerías.
Debido a los racionamientos de la posguerra civil, escaseaba notablemente el azúcar, por lo que se hacía cada día más difícil elaborar los productos propios de pastelería. Por este motivo, toma una decisión drástica y cambia de actividad abriendo las puertas de un nuevo bar –MI BAR- dotado de los más modernos servicios de la dura época que le ha tocado vivir. Son los años cuarenta y la vida no da para más. Pero también otorga sus momentos felices. En el año 1944 –como anécdota, un martes y trece y de noviembre- contrajo matrimonio con la compañera de su vida Rafaela, maravillosa esposa y madre, gentil dependienta dotada de un proverbial sentido del humor y muy apreciada junto a su marido por todo el mundo.

Aquel establecimiento en la mismísima plazuela del Mesoncico, (corazón del Casco Antiguo ceheginero), es testigo de todos los actos emblemáticos de nuestra ciudad. Y allí están en los precarios años cuarenta, al pie del cañón, Antonio González Jiménez ‘Motolite’ y su esposa, ofreciendo tortadas y sus típicos dulces.


A partir de aquellos inseguros años, el maestro ‘Motolite’ fue creando un repertorio de elaboraciones tradicionales transmitidas por sus abuelos y que él a su vez donó a sus descendientes,  con lo que la familia Motolite ha endulzado a sus numerosos clientes, no sólo de la localidad sino de los pueblos limítrofes y de tantos y tantos amigos emigrados a la comunidad catalana que se llevaban, además del proverbial afecto, el dulce sabor ancestral.
 Antonio González, fue además hombre amante del arte y la creatividad, con un oído innato para la música, participó en las comparsas y funciones de zarzuela en su juventud y hasta en la ancianidad cuando todos los domingos tocaba la bandurria en el grupo del club de los pensionistas.

Concierto de la Rondalla de Pensionistas.
El 25 de abril de 1994 recibió de la Asociación Regional de Empresarios Pasteleros de Murcia una placa conmemorativa “…por su labor y buen hacer profesional en pro de la pastelería autóctona.” 
 Y el 26 de mayo de 1999 se le otorgó, de manos del presidente de la Comunidad Autónoma, el reconocimiento como “Empresa Centenaria” y la gratitud por parte de la Cámara de Comercio Industria y Navegación de Murcia por “…contribuir al desarrollo económico y social de la Región de Murcia…”

El Maestro, recibiendo la placa junto a tres de sus nietos.
Así, continuando los más de 120 años de trayectoria dulcil en la singular plazuela del Mesoncico, la familia Motolite a través de sus hijos Alfonso y Antonio y su hermano Alfonso, siguieron al frente del negocio, guardan con suma fidelidad la calidad y artesanía que les caracteriza lo que les han procurado tan sobresaliente reputación. Es el lugar de la prolífica familia González, con el mudéjar epíteto Motolite (pastelero), como lo atestigua la placa que preside la fachada de ese lugar Plaza del Mesoncico de Cehegín.
En la actualidad, sus nietos Alicia y Aurelio del Casar, prosiguen la tradición pastelera de sus ancestros y reforzada con pastelería de vanguardia y ubicados en una moderna cafetería-pastissería situada en la calle de Juan Ramón Jiménez de Cehegín. Su principal axioma, en el cual insistía reiterativamente a todo el mundo, era: “Todos los trabajos necesitan su tiempo, por lo que ninguna labor realizada con prisa puede salir bien.”



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